Desconfianza periodística

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No me fio de la prensa del videojuego.

Nunca lo he hecho. Para cuando esa infame fotografía de Geoff Keighley, rodeado de bolsas de Doritos y leyendo líneas de un anuncio se extendió por internet como la pólvora, yo ya estaba tan cansado de ver hechos similares que ni me inmuté.

Estaba harto de ver cómo las grandes compañías del sector invitan a periodistas a hoteles de cinco estrellas para agasajarlos y de leer sobre cómo los críticos son presionados hasta el punto del despido. Ver a otra figura del mundillo vender su integridad en vivo y en directo no supuso sino la confirmación de que algo estaba podrido en la prensa del videojuego.

Aun así el “Doritosgate”, como internet fue rápido en bautizarlo, acabaría jugando un papel clave en mi desconfianza. Apenas unos días más tarde el crítico Rab Florence recibiría serias amenazas legales por parte de una compañera de profesión, Lauren Wrainwright, tras señalar que su aprecio por la saga Tomb Raider podría malinterpretarse como publicidad encubierta de Square Enix si era del tipo que no veía “nada malo” en participar en una campaña de márquetin para ganar una Playstation.

Para sorpresa de pocos y para vindicación del Sr. Florence, pronto se descubrió que, efectivamente, Lauren Wrainwright trabajaba para Square Enix, por mucho que intentara ocultarlo.

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Uno pensaría que la revelación de que dos conocidos periodistas eran corruptos y que uno de ellos intentaba censurar a un crítico respetado sería una señal clara para que toda la prensa se uniera en condena unánime, pero no todas las editoriales pensaron que se trataba de un tema importante.

Stephen Tolito, editor en jefe de Kotaku, quitaba hierro al asunto, acusándolo de ser “la misma historia absurda de siempre” y de “no ser una historia importante”. Para cuando decidió responder, no sólo era demasiado tarde, sin que su artículo llevaba como título El Deleznable Periodista De Los Videojuegos, : Por Qué Tanta Gente No Confía En La Prensa Del Videojuego (Y Por Qué A Veces Se Equivocan) (sic) y dedicaba más espacio a defender a los críticos contra el “vapuleo” de su audiencia que a criticar la corrupción.

No sería la primera vez que Kotaku se lavaría las manos. En abril de ese mismo año en un evento promocional de Watchdogs Ubisoft repartió tabletas Nexus 7 a los periodistas allí presentes. Valoradas en más de 200 dólares cada una son un claro ejemplo de soborno, pues su entrega no tenía otro objetivo más que granjearse el favor de los periodistas. Pero Kotaku no comentó sobre el asunto. Ni ellos, ni nadie.

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Ni IGN, ni Eurogamer, ni Gamasutra, ni Polygon, ni Edge, ni VG 24/7, ni Game Informer, ni Gamespot. Nadie. El mundo periodístico permaneció callado – no ya ante el soborno – sino ante el soborno descarado, en público y que donde todo el mundo lo podía ver. De las publicaciones americanas importantes, la única que reportó el suceso fue The Escapist.

Pero quizás no debería sorprenderme. Hace un tiempo, en una conversación por Twitter, Keza McDonald, editora en jefe de Kotaku UK y anterior editora de IGN, dijo sentirse entristecida al ver que “tomar dinero a cambio de cobertura se ve como una Verdad de Internet, a pesar de que NUNCA PASA”.

Tan sólo unas líneas más tarde, defendió que las editoriales pagaran vuelos a los periodistas, argumentando que no era un conflicto de interés sino que se trataba de “trabajar como un adulto” y que “no podrían tener acceso [a la información]” de otra forma.

Al menos para mi, recibir billetes de avión de mano de aquellos a los que se supone que tienes que criticar se asemeja lo suficiente a aceptar dinero a cambio de cobertura como para que no me sienta cómodo.

Pero ni las tabletas ni los viajes son lo realmente me preocupa. No, lo que me preocupa es la cultura que rodea estos hechos, la forma en la que los críticos se mofan de los problemas éticos de la profesión ante un coro de representantes de márketing. Me preocupa que los críticos reciban lujosas ediciones fabricadas específicamente para ellos pero que a la vez se nieguen a “aceptar que esas cosas tengan ningún efecto sustancial en las puntuaciones de nuestras críticas”.

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Preocupa porque cuando las puntuaciones no son buenas, las compañías de videojuegos ponen silenciosamente al disidente en una lista negra y se le veta del círculo de copias, entrevistas y reportajes.

Y es algo que hacen todos. Hasta el propio John Walker, editor de Rock, Paper, Shotgun, se ha visto obligado a admitir que, en su momento, él también llego a ser partícipe de esta misma corrupción, siendo invitado a fiestas y a conducir quads durante los excesos de hace una década.

Simplemente me es imposible confiar en la prensa del videojuego sabiendo todo esto. La corrupción es demasiado visible, está demasiado extendida y es desestimada con demasiada rapidez como para sentirme cómodo con un campo que ya tiene bastantes problemas de por sí.

La puntuación media de un juego el año pasado fue superior a 70 sobre 100, las publicaciones escriben artículos glorificando juegos que todavía ni existen y la experiencia se ve como algo tan secundario que alguien que jamás ha jugado un juego de rol japonés es considerado apto para criticar uno. No es de extrañar que el más mínimo roce haga estallar la confianza del lector en mil pedazos.

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Porque, en el fondo, la confianza de la audiencia en los críticos no es algo que se merezca por el mero hecho de escribir artículos en internet. La confianza es algo que se gana, poco a poco, con cada artículo y que se puede perder con un paso en falso. Desestimar la desconfianza en la prensa del videojuego como la opinión de locos incapaces de soportar que alguien hable mal de un juego que les gusta no es sólo injusto, sino que alimenta aún más la idea de que los críticos hacen oídos sordos.

La única forma de luchar contra la corrupción en la prensa del videojuego es mediante la defensa de la ética y la verdad frente a la ignorancia y el corporativismo. Los críticos necesitamos aceptar y superar la falta de credibilidad de la que sufrimos o exponernos, no ya a la absurda y contraproducente lógica del Gamergate, sino a la marcha silenciosa de lectores que cada vez prefieren más leer foros o ver canales de Youtube.

Es difícil y la reputación de publicaciones como Polygon, que aceptó la friolera de 750.000 dólares de Microsoft para la creación de un “documental”, no se recuperará jamás. Pero la de los críticos honestos, buenos, que hacen bien su trabajo lo harán. La alternativa es marchitarse como un trozo de maiz que lleva demasiado tiempo escondido bajo una mesa.

 

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