Modern Art es incompatible con los artistas de verdad

Se han publicado nada menos que 28 ediciones distintas de Modern Art, el clásico de subastas de Knizia. Algunas, como la de CMON o la más reciente de Arrakis, son bastante bonitas. Quizás demasiado. La inclusión de artistas famosos tales como Munch, Picasso y Cezanne, en vez de las parodias de la versión original, afecta gravemente al mensaje del juego y socava su sátira.

NO ES ARTE DE VERDAD

Knizia deja las cosas claras desde el título ¿Qué nombre escogió para un juego de subastas y especulación? Modern Art. Su visión del mundo del arte se centra exclusivamente en el aspecto económico. Los jugadores toman el rol de marchantes, no artistas, y el ganador es aquél que consigue acumular más dinero, no los mejores cuadros. El mérito artístico, si acaso existe, no se ve reflejado en el propio juego.

Dicho de otra forma, Modern Art se mofa del estilo que le da nombre. En el juego, los cuadros no se compran porque sean importantes o buenos. Al contrario, tan sólo tienen valor porque los especuladores han hecho que ganen en popularidad. Es una pequeña burla a artistas como Rothko y Pollock, cuyos cuadros son frecuentemente acusados de «no ser arte» pero que rompen récords de ventas en las subastas de Christie’s y Sotheby’s.

Los cuadros de la primera edición de Modern Art no eran muy halagadores. Teníamos a Krypto, un Pollock de menor talento, un clon de Mondrian obsesionado con el puntillismo y a Yoko, una copia del conocido plagiador de cómics Roy Lichtenstein. Con esto, se dejaba claro que a los jugadores, y por ende al mundo del arte, están más preocupados por el bombo y la especulación que por las consideraciones estéticas.

A nadie le sorprende vender un Cezanne. Es un gran artista y muy conocido. Pero, cuando se lucha por la última obra maestra azul de Maximus con sus cuatro monstruos del lago Ness yendo a cenar, todo el mundo se ríe. Intentar convencer a los demás de que compren una horterada creada por un artista que ni siquiera existe aporta más a Modern Art que cualquier clásico de la pintura.

Esto no ha evitado que el número de ediciones con artistas reales sea superior a las satíricas. De hecho, la última versión en no hacerlo fue publicada sólo en Japón hace ocho años. Modern Art se está usando, incluso, para celebrar a artistas vivos, convirtiéndolo en una especie de Premio RoboCop al Mejor Cuerpo de Policía. Con la excepción de que nadie parece darse cuenta de quién es el objetivo de la broma.

EL PRECIO NO ES JUSTO

Incluso si dejamos la sátira de lado, los cuadros reales no casan con las mecánicas. Modern Art es un juego definido por la incertidumbre. Un artista puede ser valiosísimo en la primera ronda y no valer nada después. Las subastas producen resultados inesperados y no es raro forzar el fin de una ronda con tal de evitar que otro jugador haga ventas. Los cuadros conocidos, sobre todo los de importancia histórica, no dan el tipo.

Nadie duda del valor de un Picasso. Es difícil pensar que sus obras no venden porque no es un artista lo suficientemente popular. Lo normal es pagar cifras millonarias por sus cuadros y esto no es signo de especulación. Y si bien los artistas elegidos por CMON no son tan conocidos, tampoco dejan mucho margen de duda. Su atractivo es tan amplio que nadie dudaría de que merece la pena pagar por ellos.

Modern Art da lo mejor de sí cuando parodia a artistas cuyo valor es cuestionable o difícil de entender. Por ejemplo, Rothko es un objetivo fácil porque parece imposible saber si Naranja y Amarillo vale más o menos que Naranja y Cuero. De la misma forma, los cuadros de Roy Lichtenstein están sacados de cómics de otros artistas así que cabe la duda de por qué sus obras valen millones pero los originales no.

El rol del jugador también se suaviza cuando se manejan cuadros famosos. Si especulamos con cuadros de baja calidad, es como vender aire. Engañamos a otros para sacar un beneficio y, encima, nos parece divertido. Pero, si los cuadros son conocidos, esto deja de ser así. Los fallos del sistema ahora recaen sobre los compradores, que se niegan a pagar por un gran artista. Esto quita peso a nuestras acciones y hace que la especulación parezca loable.

¿POR QUÉ PASA ESTO?

Modern Art es víctima de una tendencia mayor. Las ilustraciones de los juegos de mesa, si bien pueden parecer distintas desde el punto de vista del estilo, son muy homogéneas temáticamente. La mayor parte de portadas, cartas y tableros glorifican el sujeto del juego, sea cual sea este. El objetivo no es tanto reflejar las mecánicas como hacer que parezca una mejor compra.

Ciudadelas, conocido por sus personajes siniestros y hasta trastornados, es otro ejemplo de ello. Su última edición es más grande, mucho más colorida y su elenco ya no transmite la misma sensación de peligro. Es más agradable a la vista, al menos en cuanto al marketing. Pero la renovada belleza de sus personajes no termina de cuadrar el subterfugio que define al juego.

No podría ser de otra forma. Todas las decisiones artísticas dependen de las editoriales, y a estas les interesa más vender que la integridad temática de sus productos. Los diseñadores raramente pueden opinar sobre el aspecto que tendrán sus diseños y los ilustradores casi nunca llegan a jugar los títulos en los que trabajan. En estas circunstancias, lo raro sería que se diera valor a la sátira.

Ni siquiera es la primera vez que le pasa a Knizia. Los pijos de High Society dejaron el elitismo para volverse parangones de la belleza y la diversidad mientras que los ricachones egoístas de Rockefellers se convirtieron en los nómadas de A Través del Desierto. Tampoco es el único. Food Chain Magnate ha sido acusado repetidamente de glorificar los Estados Unidos de los años 50, pese a lo extraño que resulta decir esto de los holandeses que crearon Greed Incorporated.

Al final, todo se reduce a que los juegos de mesa no se ven como una forma de arte. La mayor parte de la industria, incluyendo a los propios diseñadores, no creen que los juegos sean capaces de aportar crítica social, como lo hacen el cine o la literatura. Se les pone en un escalafón menor, desde el cual todo cambio en aspecto, mecánicas o incluso mensaje, siempre es menor. Y, mientras sea así, Modern Art no podrá ser una verdadera sátira.

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